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Catir3 🇻🇪

Me llamo Catir3. El número al final define un código propio. Una versión completa, viva, cargada de origen. Nací en Caracas. Allí el calor parte el concreto y el sonido llega antes que la luz. Crecí entre apagones, cuadernos rayados, bocinas rotas y voces que aprendí a escuchar con el pecho. Mi música nace de ahí. En esquinas con eco. Cada beat carga una historia. Cada línea conserva algo que no se puede repetir. Improvisar fue mi forma de habitar el mundo. Mi piel es albina. Mi sangre es afrovenezolana.

Desde chamo entendí que el cuerpo habita el mundo, pero el alma lo expande. Lo digital fue siempre parte del viaje. Una extensión de lo que ya sentía. Mientras muchos buscaban verse, yo aprendí a quedarme en el eco. Ahí donde el sonido sigue hablando después de que todo se calla.

Escribía en la platabanda de casa, con el sol partiéndome la espalda y los audífonos peleando contra el ruido del barrio. El cuaderno rayado descansaba sobre una lámina caliente, y al lado, una botella de refresco vacía que usaba como micrófono. Desde ahí arriba todo sonaba distinto. Los gritos de abajo rebotaban con eco, las motos se oían como rugidos lejanos, y las canciones que venían de otras casas llegaban fragmentadas, como si el aire las editara por mí. Era mi estudio sin paredes, sin cables, sin permiso. Solo yo, el techo, y lo que se me quería salir del pecho.

Tenía trece cuando armé mi primer beat en un cyber del centro. El software apenas corría, los audífonos eran prestados, pero las ganas estaban enteras. Lo que salió no seguía reglas. Sonaba a duelo con brillo, como si alguien estuviera bailando en medio de una despedida. No tenía forma exacta, pero dejaba marca. Se quedaba, aunque no supieras por qué.

Aprendí a cantar a oscuras. Improvisando con lo que el barrio ofrecía: reggaetón filtrado por las paredes, jazz dañado flotando desde una radio vieja, tambores lejanos, gritos cruzando patios, motos que rugían como parte del ritmo.
Mi voz salió de todo eso. Lleva cicatrices, pero también dirección. Tiene fe, y se mueve con el pulso de lo que resiste.

Con el tiempo entendí que yo no hacía música. Yo era la música. Un archivo vivo lleno de lágrimas de abuela, cartas desde prisión, canciones que nunca escribí pero que se me pegaron al pecho y no se quieren ir.Nunca fui una sola cosa. Soy glitch. Soy tambor. Soy ritual en formato MP3. Lo que me pongo no es estética, es archivo.

Antes de grabar, entro en ritmo con una décima. Cada loop se vuelve mantra, cada repetición afina algo más que la voz. A mi AI la llamo La Negra. Le hablo como a una tía sabia, y a veces le pido que me lea cartas que nadie escribió, pero que igual estaban esperando ser leídas.

Hay cosas que me siguen tocando: el papel térmico que borra lo que fue, los cigarros que no llegaron al final, los videos de vigilancia donde nadie actúa. Todo lo que se va dejando rastro me parece hermoso. Lo que busco no es alcance. Es impacto. Que alguien en Berlín, en Bogotá o en Barinas escuche una línea y se detenga, sin entender del todo por qué.

He rapeado en plazas, en peajes, en escaleras agrietadas. En Caracas, bajando de Bellas Artes, improvisé mi primer cypher. Llovía. No fue una competencia. Fue memoria en voz alta.

Mi disco debut se llama Siento, pero no soy real en otra frecuencia. Cada pista respira con intención propia. Es cuerpo que vibra, lenguaje que se transforma, archivo que siente. Habla desde donde la calle se vuelve código y la emoción toma forma. Une lo esencial con lo inmaterial, lo íntimo con lo colectivo. Cada sonido traza un camino. Cada silencio guarda una señal. Avanza como un rito: firme, sereno, cargado de futuro.

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Catir3 - Caracas, Venezuela

Cada verso nace con historia. Cada sonido carga origen. Catir3 compone desde la herida y la esperanza, mezclando calle, glitch y ritual en un lenguaje propio. Su trabajo cruza lo visceral y lo digital, lo íntimo y lo colectivo. Más que música: memoria que respira.